K de Kapuscinski

A veces me pasa que leo algo que me llama la atención, y no lo puedo dejar de lado. Lo retengo, y la idea da vueltas en mi cabeza una y otra vez. La sensación podría describirse como una lucecita que me aclara algo. Es como la pieza que falta para terminar de comprender un rompecabezas que me machaca la mente.

La memoria tiene su propio sistema de retención. El mío, el de mi memoria, no lo he descifrado, ni creo, ni espero hacerlo algún día. En tanto, no dejo de sorprenderme con las cosas que perduran en ella. En algunos casos, me gustaría que no sea así. Hay casos en los que precisaría que el recuerdo, la idea, o lo que fuera, se vaya, se la lleve el viento y finalmente olvidarla. Pero no sucede. En otros casos, me gusta eso que perdura. Pero es responde a un criterio totalmente independiente a mis preferencias.

No recuerdo cuando fue la primera vez que leí o escuché sobre él. Alguna referencia, no recuerdo tampoco acerca de qué cosa especifica, pero sé que en ese momento pasó a mi lista de autores pendientes de lectura. Sin embargo, salvo alguna entrevista, sigo sin leer con detenimiento algo de lo que él ha escrito. El autor en cuestión es ni mas ni menos que Kapuscinski.

Fue un mediodía lluvioso, cuando me sorprendió el llamado. Yo ya había dejado de lado la idea conseguir un trabajo estilo normal (el estándar de lo políticamente correcto: 8 hs, horario fijo, sueldo medianamente fijo a fin de mes, así de aburrido) y como sucede algunas cuantas veces que dejas de buscar algo, simplemente aparece. Y bueno, tuve que decidir qué hacer. Mi primer reacción fue dejarlo pasar. No obstante, decidí aceptarlo después de unos mini planteos mentales, y unos previos pasos algo inconscientes en procura de un auto-boicot que resuelva por mi la encrucijada en la que me estaba metiendo. Por último, decidí también pactar una tregua con algunas de mis contradicciones. Y allí fui. La cuestión era cómo iba a sostener esto en mi día a día. Por que desde el primer momento, supe que iba a llegar el día en que todo me iba a pesar bastante.

Por otra parte, aceptando esta opción que sorpresivamente se me presentaba, intentaba acallar otros cuestionamientos que tenia yo por otros lados, por otros vaivenes de mis rumbos, de los cuales tampoco quería hacerme cargo. Quizá esta alternativa llegó en el momento justo para probar algo. En fin.

Cumplí mis metas autoimpuestas, y me sentí muy bien conmigo. Eso fue genial. Pero el tedio, después de dos años seguidos haciendo prácticamente lo mismo, el tedio dijo presente. Y lo pinté de colores, pero ahí estaba, de tanto en tanto planteando algún atentado con la rutina, el aburrimiento, atormentando mis pensamientos, mis ideas, mis ganas de comer, de respirar, de caminar, de ver, de dormir. Todo.

Entre caminatas de ida y vuelta, yo no paraba de buscar la manera de sobrellevarlo. Fue entonces que leí el concepto que planteaba Kapuscinski. Algo que me venia como anillo al dedo, o al menos un antídoto para sobrellevar de manera menos pesada este momento que estaba viviendo. No lo expongo como la panacea que todo lo resuelve, pero si me parece una manera practica de hacerle frente a algunos cuestionamientos que se nos plantean día a día. Les comparto la idea que el autor plantea en  “Los cinco sentidos del periodista”:

“Durante muchos años me desempeñé como corresponsal para una agencia de prensa, el trabajo más duro y difícil que puede tocarle en suerte a un periodista, porque se trabaja las veinticuatro horas del día. Esa dedicación tan intensa me enfrentó a la falta de tiempo y canales para mis ambiciones personales como autor […] Para solucionar este problema, es decir, para poder escribir y también cumplir con mis  obligaciones de corresponsal sin sentirme frustrado, creé conscientemente una situación de esquizofrenia: trabajé en dos talleres de manera simultánea.
Escribir para una agencia de noticias es un trabajo duro, de gran tensión y nerviosismo, puntuado por entregas al jefe, que pide noticias cortas por aquello de los costos, el tiempo y la competencia. Se hace un periodismo formal y pobre, de no más de ochocientas palabras. Una tortura. Pero se puede tolerar si uno escoge para sí un nicho independiente, un espacio para escribir aquello que excita la propia voluntad y ambición. En este otro taller, las cosas se dicen en otro lenguaje, se enfocan bajo otra mirada, se componen según otros criterios.
Así generé dos ámbitos separados: en uno escribía las páginas que me permitían ganarme el pan, un trabajo que en ocasiones puede resultar poco creativo, muy mecánico; en el otro, me dediqué a aquello que desde mi punto de vista lo merecía. […] Quiero subrayar esta idea: en nuestra profesión, el éxito se basa en mantener dos talleres. Es decir, en tener una doble vida, vivir en estado de esquizofrenia: ser un corresponsal de agencia o un redactor de periódico que cumple órdenes, y guardar, en algún pequeño lugar del corazón y de la mente, algo para sí, para la propia identidad, para las ambiciones personales.”

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