Imperiosa necesidad

Desorientarse

Es cómo cuando perdes las llaves.

Las buscas, porque las habías dejado ahí, sobre la mesita. Pero no.

Arriba de la heladera, mmm tampoco.

Pero sabes que estaban por ahí. O al menos eso crees, porque de tanta vuelta ya empezas a dudar.

Frenas, buscas en tu cabeza, recordas. Sí, sí estaban por ahí. 

Y volves a buscarlas. Y nada. No están, no aparecen.

Entonces ya fue, dejas de lado la búsqueda, Por que así suele suceder. Cuando dejas de buscar, aparece. 

O aparece cuando buscas otra cosa. O lo encontras cuando ya no lo precisas. 

O no lo encontras. Esas son algunas de las opciones. 

La situación es asumir el caso que te toca. 

Decidir abandonar la búsqueda. Soltar. Y seguir… seguir como siguen las cosas que no tienen mucho sentido….

 

 

Intensión

¿De qué manera se puede ayudar al otro?

Mi pregunta es para aquellos casos en que no te dejan ni dar un abrazo.

Aunque te dicen que les encantaría. Pero el momento no se da. 

El espacio nunca está, el tiempo tampoco. 

Alguien está sumido en su maraña de enrosques mentales, y yo observo. Observo virtualmente, o desde el otro lado del celular.

Desde afuera, lo poco que veo, es que no puede salir. No está encontrando la manera de encarar una salida alternativa.

Al menos eso es lo poco que veo. Que no es mucho, casi nada diría. 

Supongo que es como escuché varias veces por ahí: cada quien elije su propia historieta, y encara los problemas e inquietudes que lo aquejan de la manera que le sale. 

Ya le dije mis palabras estilo libro de autoayuda. No me sale otra cosa. Escucho y leo lo poco que me comenta. 

 

 

Entender 

Nos habían entregado un listado con posibles novelas para leer. 

Ya no sé si fue ese el momento inicial. Pero con el tiempo uno se dibuja algunos recuerdos, con los trazos que más le gustan.

A mí me gusta recordar esa clase de Literatura de cuarto año, como el momento en que empecé a leer. A disfrutar la lectura realmente.

A devorarme libros. A necesitar leer. 

Fue entonces que se sucedieron las maratones de lecturas. Novelas, cuentos, ensayos. 

Y un periodo de ciencia ficción: Crónicas marcianas, Un Mundo Feliz, Farenheit 451… 

Dentro de esa lista estaba 1984. Había conseguido una versión medio pedorra, de hojas algo finas, y grises, de letra pequeña. Lo que tenia de bueno era el precio (en ese entonces mi economía era bastante floja) y el tamaño pequeño que lo hacia super transportable. 

Y esto también es un recuerdo que lo dibujé a mi manera. Porque no recuerdo si fue con este libro que me pasó por primera vez.

Pero me gusta recordarlo así. 

Varias veces comencé a leerlo. Y leía sin leer. Y pasaba las páginas sin seguir el hilo de la historia. Y arrancaba de nuevo. Y tedio.  Y sensación de obligación.

Entonces lo decidí. Deje de leerlo. Lo aparté. Y me olvide de él. Deje de lado ese empecinamiento pro querer leerlo. No me salía.

Nunca me cuestioné mucho el por qué. Tal vez era la letra muy pequeña, o simplemente no tenía ganas, no sé.

Lo dejé. Dos años después, o tal vez un poco más, y cuando había reavivado mi hambre de lectora, buscando posibles víctimas, me reencontré con 1984.

Reconozco que arranqué medio floja, recordando el tedio, las vueltas de antes. Pero pasé unos capítulos, una barrera y me devoré la historia. Genial. 

No pasaba nada en aquel entonces, digo, nada con la historia, o con el libro. Evidentemente yo no estaba en sintonía. No me salía. Quería leer, quería, pero no salía. Algo de esto es lo que siento pasa ahora.

No es el momento. Su momento. 

 

 

Adios

Y me ato los dedos. 

No quiero llamar. No quiero escribir. No quiero insistir.

No quiero más esta sensación en la panza. El piquete de mariposas. 

Se debe ser paciente en algunas circunstancias. De eso estoy convencida. Y me lo he propuesto.

También ser comprensivo, procurar entender. 

Pero también se ha de ser sincero con uno, y escucharse. Observarse. Identificar las toxinas que invaden mi interior. 

Prestar atención a eso, cuidarme de mi misma. Uno sabe cuantas locuras se pueden suscitar. 

Por eso, no estoy segura, pero me urge hacerlo. Principalmente porque voy a envenenarme con mi saliva. Y no puedo permitirme eso. 

Tengo que ser yo la que pronuncie las palabras. Y de aviso de que no se puede leer ese libro. Este libro. Yo, el libro. 

Decir: dejá de llevarlo en todos tus bolsos y mochilas. Dejá de pasearlo por tus días, porque sabes que tenes ganas, que te mueres por leer su historia.

Pero dejame decirte, no encuentras el momento. Sencillamente, no te sale. 

Por eso te aconsejo, lo dejes a un costado. Es un libro, ya lo han dejado algunas cuantas veces. 

Puede quedarse ahí, en la repisa, juntando polvo. Puedes volver a buscarlo, si nadie ha pasado, seguramente esté en el mismo lugar. 

Posiblemente haya sufrido una modificación en su prologo, pero eso no lo podrás saber. No con tanto tiempo previo.

No lo podrás saber, como tantas otras cosas que no puedes ver, porque no tienes visión sobre el tiempo futuro.

¿Acaso ves algo del otro lado? 

Cuando puedas ver, avísame. 

Yo mientras elijo tomarme un té, inhalar profundo, y leer mi propio libro.

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