C de Chiste

Me acerco al muelle. Despacio. Experimento algo de miedo, creo que es vértigo. No hay baranda y del otro lado solo veo mar, mucha agua y nada más. Mi papa se pasea como si nada por el borde, va y viene. Yo tengo menos de 10 años, lo observo y me gustaría hacer lo mismo. Pero una sensación rara en mi estomago me frena. Es vértigo. Doy pequeños pasos tímidos y logro llegar casi al borde, y rápidamente dirijo mi mirada hacia el precipicio del otro lado y la sensación rara de mi panza se agudiza… Listo, mirada fugaz, cumplí.
Siempre supe que sufría algo de vértigo, las alturas no son mis mejores amigas. Pero de todas formas, no pensé que fuera para tanto. O pensaba que podía soportarlo. Por eso en algún momento tuve la idea de tirarme en paracaídas. Me intriga la posibilidad de experimentar el hecho de estar suspendida en el aire como volando, ver todo desde allá arriba. Pero entonces llegó el viaje al mundo feliz, y ahí me di cuenta: Tengo que dejar de planear el salto, los paracaídas y toda aquella experiencia que tenga que ver con grandes alturas y caídas libres – eso fue lo que pensé al regreso. Estoy más que segura que llegado el momento, mi cuerpo no me responderá. Apenas podré mirar para el exterior de la avioneta. Es posible que me equivoque, y algún día tome coraje y decida calzarme un paracaídas y saltar al vacío. Pero en este mismo momento, tan solo de imaginar la escena en mi mente, se me aceleran las pulsaciones.

El año pasado viajé a Disney, el mundo mágico: “where dreams come true” tal como lo recuerdan infinidad de carteles dentro de los parques. Por entonces yo trabajaba en una agencia de viajes y ese año me había tocado acompañar un grupo de chicas que habían decidido dejar de lado la tradicional fiesta con baile y vestido, y festejar sus 15 años viajando. Pues ahí estaba yo, derritiéndome en el pegote de la humedad de Orlando de pleno julio. Fueron unos largos 15 días de corridas con el grupo, lleno de actividades programadas que se distribuían entre cenas, shoppings y parques con juegos y atracciones.
El día que llegamos a Busch Gardens, en Tampa, mientras contaba a las chicas al bajar del micro, en mi cabeza rebotaba la idea de que era el parque con las montañas rusas más grandes. Ya había pasado por la experiencia tortuosa de las otras montañas rusas a las que me había subido. Pero ese día había decidido que no podía dejar de probar al menos una de todas estas super montañotas. Y entré con toda la decisión. Siguiendo el plano fuimos a la que estaba más cercana a la entrada: Cheetah Hunt. No quise ni mirar las vueltas del recorrido que se proponía. Ni de casualidad lo podía hacer, sabía que si miraba de mas, inmediatamente iba a abortar mi expedición.
La fila de ingreso fue eterna, como en todos los demás juegos. Pero para mí, en ese caso particular, el tiempo se hizo chicle. Una de las chicas del grupo -Melisa – había decidido que subía conmigo, porque le causaba gracia mi nerviosismo y sobre todo mi cara de susto. Supuestamente, en ese momento, yo era una de las personas adultas que las acompañaba. Pero en esa instancia, viendo avanzar a paso lento la fila y sintiendo el nerviosismo que se apoderaba de mí y la adrenalina corriendo por mis venas a velocidades increíbles, yo no podía mantener la forma. Recuerdo que no paraba de decir tonterías y hacer comentarios sin sentido todo el tiempo.
Casi llegaba nuestro turno. Delante de nosotras estaban dos nenas, muy contentas que me decían que no tenga miedo. Masoquistas – pensaba yo – no tienen idea, vamos a morir!. No, no!! – decían ellas y se reían como disfrutando todo. Cuando los vagoncitos se completaban, sonaba un pitido y Cheetah salía disparada rumbo a quién  sabe dónde… yo seguía sin querer mirar.
Finalmente llegó nuestro turno. Nos ubicamos en nuestros asientos. Y al intentar bajar el cinturón de seguridad, no pude, el mío estaba trabado. Miré desesperadamente para todos lados. Y vi la cara de Melisa, mirándome y riéndose de mi cara de susto. Pato para, como no va a bajar! – dijo en un intento de calmarme. Entonces me reí y aflojé un poquito la tensión. Y ahí fue que se me ocurrió que si me reía, el maldito momento del arranque seria menos tortuoso. Acto seguido dije:
– Meli contame un chiste.
– Un qué…? – Peguntó desorienta.
– Un chiste Meli, me quiero reír – repetí.
– No sé ninguno – dijo y me miraba desconcertada.
A lo cual yo no podía entender, era re simple mi pedido. Y seguí insistiendo casi a los gritos: CONTAME UN CHISTEEE, CONTAME UN CHISTEEEE!!! Se escuchó el pitido, y todo lo demás fue un desastre, al menos para mí.
En casos como este, es mejor enterarse después de algunos detalles que más adelante busqué en la web: Cheetah es una montaña rusa bastante nueva, utiliza potencia de imanes lo que aparentemente le permite alcanzar velocidades de hasta 97 km por hora, y puede llegar a estar a 31 metros del suelo. El recorrido es de 1,4km aproximadamente y aunque me haya parecido eterno, dura apenas unos 90 segundos.
Cuando Cheetah concluyó su recorrido, me bajé del vagoncito y las piernas me temblaban. ¡Por fin tierra firme! Je je
Ese mismo año, ya de regreso en mi ciudad, y un mediodía que me había acercado a un colegio a dejar folletos de promoción para este tipo de viajes, me crucé con unas chicas que habían viajado conmigo en este grupo. Se acercaron, me saludaron. Estaban con otras compañeras. Ella es Pato – dijeron – fue una de las coordinadoras del viaje a Disney, es la de contame un chiste… Yo estallé en risas. 
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