B de Bialet Massé

Cuando cruzamos la frontera en La Quiaca, veníamos con una meta a cumplir, todo el viaje de regreso estuvo marcado por este objetivo: teníamos que llegar a Córdoba a reunirnos con el Negro Fernando. Pero no solo reunirnos a modo de reencuentro, sino que teníamos que llegar a comer un chivito que estaba esperando en el freezer hacia unos meses para ser asado.
No recuerdo cómo surgió la opción de la casa. Solo sé que algún amigo del abuelo de Yamil nos había prestado su casa de verano que estaba ubicada en Bialet Massé, el comienzo del Valle de Punilla en Córdoba. Asique para ahí rumbeamos, como no podía ser de otra manera.

Foto: Patricia Fuentes

La casa, ubicada en una loma, tenía una hermosa terraza desde donde se podía ver a lo lejos el dique San Roque. Era invierno, el día estaba algo fresco pero matizado por  los rayos del sol del mediodía. Las brasas estaban prendidas, radiantes. Y ahí estábamos nosotros, poniendo la mesa para compartir el chivito asado que  tantas veces habíamos mencionado durante el viaje ¿Qué más podíamos pedir?
 Yamil y yo habíamos llegado el día anterior, desde La Rioja en un micro que nos había dejado en el cruce de la RP 38 y el camino que se toma para ir a Villa Carlos Paz, de madruga. Unos días antes, ya habíamos programado todo. Nos contactamos con Fer que por entonces vivía en Córdoba capital y le avisamos que suba. Y como eran vacaciones de invierno, mi amiga Carito andaba de viaje por San Marco Sierra junto a otras dos amigas mas, por eso me puse en contacto con ella y le dije que baje, que en la casa había lugar para todas.
Yo no conocía la pequeña ciudad. Apenas había leído u oído de su existencia alguna vez. Después me enteraría que la localidad recibió el nombre en homenaje al médico y abogado catalán nacionalizado argentino Juan Bialet Massé, quien vivió en Argentina y fue el principal impulsor del Dique San Roque, así como también el responsable del horno que se ve a un costado de la RN 38 en el acceso norte de la localidad, construido a fines del siglo XIX con el fin de producir cales hidráulicas destinadas a la construcción del Dique San Roque.
Unos meses antes, en Humahuaca, una noche de esas que ya empezaban a ser bastante frías consecuencia de la amplitud térmica
que sufre la Puna en esa época del año, la reunión era puertas adentro. En el incipiente hostel en que Alejandra estaba convirtiendo su casa, esa noche se habían dado cita un variado grupo de viajeros, que pasaban el rato tomando algo, charlando un poco y jugando al dígalo con mímica. Varios de ellos, al día siguiente partirían bien temprano para tomar el bus que los llevaría rumbo a Iruya. Algunos se quedaban unos días más en Humahuaca. Y otros dejarían el hostel alrededor del mediodía, para continuar su viaje hacia la frontera con Bolivia. Dentro de este último grupo estábamos nosotros: Yamil, Leito, Coty y yo, que veníamos viajando juntos. Y como suele ocurrir en los viajes, de ese hostel partimos acompañados de otros nuevos amigos con los cuales compartiríamos días de viaje, y se sucederían encuentros y desencuentros a lo largo del camino.
Uno de esos reencuentros sucedería casi sin esperarlo. Si hubiésemos salido un ratito antes, o un poco después, tal vez no nos hubiésemos encontrado. Pero cuando las cosas se tienen que dar, simplemente suceden. Estábamos en Potosí, y un ratito antes de que saliéramos del hostel para acompañar a Coty y Leito a la terminal a tomar el micro que los llevaría de regreso para Buenos Aires, nos cruzamos con Fernando. En realidad, quien se lo cruzó y reconoció fue Coty. Creo que yo no lo hubiese recordado. Habíamos compartido apenas unas horas, aquella noche en Humahuaca, él estaba en el otro equipo del dígalo con mímica. Pero era de los que se levantaba temprano para ir a Iruya, por lo que esa noche creo que se fue a acostar temprano. Cuestión que ahí estábamos. Coty y Leito habían emprendido el regreso. Yamil y yo continuábamos viaje. De vuelta en el hostel de Potosí, invitamos al Negro a compartir nuestra habitación. Y esa misma noche creo, deshicimos todos sus planes en cuanto a itinerario de viaje y lo sumamos al nuestro. El cual no existía, sino que iba tomando forma a medida que iban pasando los días.

El Negro recién se había recibido de Ingeniero Agrónomo y había decidido hacer un viaje antes de emprender la búsqueda laboral con titulo en mano. Viajaba solo, pero en el camino nos cruzó a Yamil y a mí. No recuerdo bien cómo fue que nos contó que cuando se recibió, alguien le había regalado un chivito y él lo había freezado para poder degustarlo al regreso del periplo. Todo el mes que estuvimos por Bolivia, lo compartimos juntos. Fue genial. Él no tenía pasaporte, y en ese entonces era requisito para entrar a Perú. Asique nos despedimos en Copacabana, luego de unos días de mates al costado del Lago Titicaca. Y después de todo ese mes que pasamos comiendo salchipapas, pollo broster y arroz, arroz y mucho más arroz, nos prometimos volver a reencontrarnos en su ciudad, que él nos esperaría con el chivito asado. Con Yamil continuamos viaje, llegamos a Lima, estuvimos un buen tiempo dando vueltas por Perú y después de muchas vivencias, nuevos lugares, nuevos amigos, decidimos emprender el regreso. Y no podía ser de otra forma, teníamos que ir a Córdoba a cumplir la promesa. Y cómo son las cosas, cuando entramos en Argentina, nos empezamos a mover haciendo autostop. Teníamos el destino fijo: Córdoba. Pero el camino parecía boicotearnos constantemente: nos invitaban a un pueblito de Jujuy, a Salta, a Mendoza. Podíamos ir a donde quisiéramos ¡las opciones no cesaban de aparecer! Pero nosotros nos manteníamos firmes: tenemos que ir a Córdoba, a Bialet Massé, repetíamos. Y lo logramos. 

 
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